La mañana me descubre entre el sueño y la vigilia. Antes de despertar a Erica me levanto y voy a la cocina, parto una naranja y comienzo a hacer zumo para llevárselo en bandeja, creyendo poder así encontrar el momento adecuado para explicarle que yo también conozco a Nadia. Pero antes de que consiga finalizar esta proeza culinaria, el timbre interrumpe mi labor.
-¡Ya abro yo! Serán Nicolás y Carlota estoy deseando... -oigo decir jovialmente a Erica que al parecer me observaba en silencio, tapada con nuestro edredón de avioncitos. Intento impedírselo, pero antes de darme cuenta veo la escena:
Nadia entra y se encuentra, frente a frente, con Erica. El silencio es sepulcral y el tiempo se cristaliza, y por unos instantes de regaliz se me sale el alma del cuerpo. Las dos están completamente conmocionadas y yo sostengo estúpidamente un vaso con zumo de naranja que me veo incapaz de entregarle a ninguna de las dos.
-¿Nadia?
Ésta suspira. Su mirada es insondable, pero hay algo que la atraviesa.
-Erica, ya estás bien. Me alegro por... -balbucea la niña anárquica.
Pero Erica no la escucha, me mira a mí, como buscando en mi rostro una respuesta coherente.
-¿Qué hace ella aquí? ¿La conoces? -parece que algo se rompe en su voz, y la mía no encuentra por dónde salir. -¿Os estáis riendo los dos de mí? ¿De la pobre y desvalida comatosa…?
-No, no, no. Erica, cariño, por favor. Siéntate.
-¡No quiero sentarme! -grita, como si de repente todo lo que temiera se volviera contra ella. Como si todas las pesadillas que había tenido en la cama de aquél hospital se volvieran de pronto reales. Se me parte el corazón.
-Escucha. -no sé por donde empezar, intento calmarla acariciando sus brazos- Créeme que yo no sabía nada hasta ayer, iba a contártelo todo ahora mismo. Yo... estuve enfermo, y ella me encontró en el hospital, como a ti. Al parecer estuvimos muy cerca el uno del otro, pero no lo supimos. Pero tú si lo sabías, ¿verdad Nadia? Lo sabías todo, desde el principio, no entiendo porqué, pero...
La mirada de Nadia se encoge, se cubre con la negrura de su pelo, con una sombra que la protege de parecer débil. Pero la forma en la que cae la mochila de sus manos al suelo la delata. De repente creo que estoy abriendo de nuevo la puerta de aquél armario donde la encontré llorando como a una niña.
-Sí. -dice por fin Nadia ante la mirada atónita de Erica. -Sabía quién eras, quiénes erais. Sabía que Erica estaba viva, y sabía que él aún te quería.
-Entonces ¿porqué...?, no entiendo nada. -farfulla Erica.
Hay algo que se me cruza por la mente, algo que había estado ahí, una intuición, una locura, un sueño: de repente veo a Erica al volante de un BMW descapotable de color lapislázuli, y cuando me pide las llaves le digo que no porque me llevaría a la Ruina.
-No..., dime que tú no ibas en ese coche. -sollozo, incrédulo.-Nadia, dime que no ibas en el coche azul del accidente.
Nadia asiente y yo me enfurezco como un león al que han robado su reino, mis manos se crispan y las lágrimas saltan de mi cara. De pronto pasan ante mí todas las imágenes macabras que durante meses han estado asolando y devastando mi mente, y ahora todas llevan la firma indeleble de Nadia.
-Tú y tú maldita filosofía del terrón de azúcar... tú y tu estúpido menosprecio por las normas, por la sociedad y por la vida... tu obsesión con vivir el momento, por terrible que este sea, ¡tú y tu jodida manía de apretar siempre el acelerador, de estrellarte contra todo porque sólo tu voluntad es la que cuenta! ¡Tú nos hiciste esto!
Nadia agacha la mirada, y entonces sucede algo que jamás hubiera soñado: una lágrima, una pieza de la más fina cristalería, surca su cara; y ella se derrumba sobre el suelo, como si le pesaran demasiado los cristales de su cara, en el suelo, ante nosotros, como una muñeca de trapo que lleva demasiado tiempo aguantando el mismo y pesado vestido.
-¡Cállate! Cállate, por favor... ¿Sabes cuánto tiempo estuve culpándome? ¿Sabes cuánto tiempo lloré por lo que hice? ¿Cómo crees que me sentí al ver esa fotografía? -se levanta las mangas y nos muestra las cicatrices que muerden sus muñecas, pero yo solo veo los cristales rotos de un coche, cristales rotos de un portarretratos y cristales rotos manando de mi ojos -Miradlas, no podía vivir con mi culpa, por lo que os había hecho. ¿Era lo que querías saber? ¿No era esto lo que tantas veces me habías preguntado? ¿Por qué estaba en el hospital? ¿Por qué me había cortado las venas? ¿Por qué me había tomado un bote de barbitúricos? ¿Por qué no podía dormir? ¿Por qué todas las noches cuando los demás dormían yo me arañaba y me despreciaba por existir?
Guardo silencio. La odio, pero siento lástima por ella, por el daño que se ha hecho, que nos ha hecho, que se sigue haciendo. Trata de ponerse en pie y continúa su historia sin importarle lo más mínimo que el maquillaje de sus ojos parezca un borrón de tinta:
-Cuando desperté en el hospital y me di cuenta de que estaba viva, que me habían lavado el estómago y que me habían cortado la hemorragia destinada a matarme, me di cuenta del error monumental de seguir haciéndome la víctima de la tragedia. Me sentí tan podre por dentro, tan visceralmente retorcida que fui a visitar la habitación 110... Os lo debía, os debía una disculpa a los dos. Tenía que hacer algo, porque sino me moriría de culpa. Y la encontré allí, descansando como una bella durmiente, tan blanca como Blancanieves. No me extraña que siempre hayas estado enamorado de ella, que lo estés. Quizás nunca lo podréis llegar a comprender; pero cuando fui a verla, cuando fui a verte Erica, sucedió algo: las máquinas comenzaron a emitir un ruido diferente cuando te pedí perdón en silencio. Llamé a Clara, la enfermera, y de repente te vi abriendo los ojos. Despertarte en aquél momento, como si hubieses estado esperándome. Lo vi todo, vi como encajaba la verdad que seguía vivía, como comprobaba que su cuerpo apenas si le respondía.
-Y estuviste a mi lado, me ayudaste a encontrar las fuerzas necesarias para recuperarme... para levantarme. Pero después desapareciste... Y nunca me dijiste la verdad. -musita Erica, como si empezara a casar las piezas.
-Sí. Temía que me odiaras si lo hacía, si te decía que yo te había hecho aquello. Estaba sola, y tú eras la única que aún me sonreía. Después desaparecí porque... -Nadia me mira a mí- Encontrarte fue solo una casualidad..., fue una casualidad. ¿Quién iba a pensar que estuvieras allí?
-Mi apendicitis.-subrayo, intentando entender algo.
-Te vi descansando en la habitación.
-¿Y me reconociste?
-Tu cara me había quedado grabada tras el accidente. Solo necesité comprobar tu nombre con el de tu historial. Fue fácil.
-Claro, ya sabemos de tu particular afición a colarte en las bases de datos privadas. Y, una vez descubriste quién era, te propusiste hacerme la vida imposible, ocultarme la verdad, y manipularme como a un pequeño gatito entre tus manos.
-No... Por favor, David..., de verdad que no... Yo... Quise ayudarte. Di mi sangre por ayudaros. Quería decírtelo... Pero estabas encerrado en ti, ¿no lo ves? Vivías en un profundo coma sin sueños. Simplemente pensé que podría sacarte del caparazón en el que te habías escondido para cuando ella estuviera bien contándote la historia adecuada, la historia que necesitabas oír. Quería que tuvieras el valor y la fuerza necesarios para cuando ella volviera. Al principio quería que fuerais felices.
-¿Al principio? -pregunta Erica.
-Si, supongo que se refiere a antes de que se obsesionara con la idea de que yo te olvidara.
Entonces la máscara de Nadia se cae y rompe a llorar abundantemente, de verdad, como una niña, tapándose la cara tirándose contra mi pecho y dándome débiles puñetazos de rabia contenida durante meses de ser la escritora de una historia de la que me sabía el principal actor.
-Te odio, te odio, te odio... -me grita. -Lo intenté todo, procuré separarme de tu vida, ayudarte solo enseñándote a vivir como yo, pero... cada vez que te tiraba de un edificio, cada vez que robábamos, cada vez que te enseñaba como hackear una página... eres tan diametralmente opuesto a mí y a la vez tan idéntico que no pude evitarlo... Yo me...
-¿Te has enamorado de él? -Erica abre tanto los ojos que tengo miedo que me vea sujetando a la Nadia niña que llora en mi hombro y descubra que yo estuve a punto de perder la razón por ella. Que he perdido la razón por ella, porque ella es la causa de todo lo que ha ocurrido.
El espacio parece verse visto otra vez bajo la óptica de un mosca volando en torno a nuestros rostros de confusión, y en ese mismo instante de confusión total, Lady Destino aparece por la puerta de la cocina, y mueve su mano para que la siga, y huyo de la escena terrible presintiendo una verdad que durante mucho tiempo ha sido una espina clavada en mi cerebro. Bajo las escaleras perdidas del sótano con miedo de enfrentarme a ese miedo insondable, un pánico atroz en forma de máquina monstruosa: las pantallas parpadeantes del Frankestein que Nadia construyó. Me asomo a las pantallas y de repente la verdad se cierne sobre mí, y todo se vuelve una vorágine de dolor y oscuridad, y por primera vez me doy cuenta de que el rostro de Lady Destino es el mismo que el de Erica, y Erica se parece a Nadia, y Nadia es igual que Erica. Y yo me caigo en un abismo de pantallas, en las que se ve la misma escena desde distintas miradas:
Estoy allí, sobre la nieve, sacando fotografías a Erica, que tiene la cara de Nadia, que tiene la cara de Lady Destino. El sol brilla en mis ojos y duele. El BMW está a lo lejos, pero yo no lo veo. Pido a Erica, que se parece a Nadia, que tiene los ojos de Lady Destino, que se siente sobre un banco en el parque, y yo retrocedo unos pasos sobre la calzada para hacer la fotografía de su sonrisa perfecta, deslumbrando entre la nieve. Su voz me grita en el más completo silencio, en sus labios callados leo la palabra ¡cuidado!, y al girarme veo el bólido azul y negro arroyarme y empujar a mi cuerpo cientos de metros mientras Erica, que tiene la cara de Nadia, que se parece a Lady Destino, me mira horrorizada.
De repente me doy cuenta que no soy yo el que escribe la historia, sino que alguien me escribe cayendo por un acantilado de caos y solo con mi propia fuerza puedo hacer que el caos me llame por mi nombre y me lleve hacia la luz. Solo tengo que dejar de sentir esos cristales clavándoseme en las yemas de los dedos, olvidarme de la sangre cayendo por mi cara, recordar que mis huesos están soldados, y que mi corazón aún late.
Todo se vuelve entonces claramente cierto, porque es ahora cuando me doy cuenta de que esto, todo esto, era un sueño plagado de sueños. Abro los ojos y miro al cielo, y veo un techo color crema. Oigo el ruido de las máquinas y en ellas aparecen las letras verdes x, y, z, enmarcando mis propias constantes vitales. Me duelen los ojos y la luz hace que me lloren: una ventana cubierta por una cortina impide que el sol entre.
Sobre la mesilla hay un paquete de tabaco arrugado. A mis pies alguien duerme con una libreta entre las manos en la que puedo leer el principio de una larga historia: la comida no me sabía, el espacio me olvidaba. Y sobre mis rodillas una chica de cabello negro como la turba duerme agotada de noches de duermevela y el bolígrafo en el suelo. Es Erica y es Nadia.
FIN