lunes, agosto 21, 2006 

Tenía que mudarme. Blogger terminó con mi paciencia, y trás finalizar la historia de Nadia, me apetecía un buen lavado de cara y hasta de nick. Os invito a mi nuevo espacio (y os prometo que este durará más que los dos anteriores: a la tercera va la vencida). Solo pinchad la imagen. ^^

miércoles, mayo 31, 2006 

x, y, z

La mañana me descubre entre el sueño y la vigilia. Antes de despertar a Erica me levanto y voy a la cocina, parto una naranja y comienzo a hacer zumo para llevárselo en bandeja, creyendo poder así encontrar el momento adecuado para explicarle que yo también conozco a Nadia. Pero antes de que consiga finalizar esta proeza culinaria, el timbre interrumpe mi labor.

-¡Ya abro yo! Serán Nicolás y Carlota estoy deseando... -oigo decir jovialmente a Erica que al parecer me observaba en silencio, tapada con nuestro edredón de avioncitos. Intento impedírselo, pero antes de darme cuenta veo la escena:

Nadia entra y se encuentra, frente a frente, con Erica. El silencio es sepulcral y el tiempo se cristaliza, y por unos instantes de regaliz se me sale el alma del cuerpo. Las dos están completamente conmocionadas y yo sostengo estúpidamente un vaso con zumo de naranja que me veo incapaz de entregarle a ninguna de las dos.

-¿Nadia?

Ésta suspira. Su mirada es insondable, pero hay algo que la atraviesa.

-Erica, ya estás bien. Me alegro por... -balbucea la niña anárquica.

Pero Erica no la escucha, me mira a mí, como buscando en mi rostro una respuesta coherente.

-¿Qué hace ella aquí? ¿La conoces? -parece que algo se rompe en su voz, y la mía no encuentra por dónde salir. -¿Os estáis riendo los dos de mí? ¿De la pobre y desvalida comatosa…?

-No, no, no. Erica, cariño, por favor. Siéntate.

-¡No quiero sentarme! -grita, como si de repente todo lo que temiera se volviera contra ella. Como si todas las pesadillas que había tenido en la cama de aquél hospital se volvieran de pronto reales. Se me parte el corazón.

-Escucha. -no sé por donde empezar, intento calmarla acariciando sus brazos- Créeme que yo no sabía nada hasta ayer, iba a contártelo todo ahora mismo. Yo... estuve enfermo, y ella me encontró en el hospital, como a ti. Al parecer estuvimos muy cerca el uno del otro, pero no lo supimos. Pero tú si lo sabías, ¿verdad Nadia? Lo sabías todo, desde el principio, no entiendo porqué, pero...

La mirada de Nadia se encoge, se cubre con la negrura de su pelo, con una sombra que la protege de parecer débil. Pero la forma en la que cae la mochila de sus manos al suelo la delata. De repente creo que estoy abriendo de nuevo la puerta de aquél armario donde la encontré llorando como a una niña.

-Sí. -dice por fin Nadia ante la mirada atónita de Erica. -Sabía quién eras, quiénes erais. Sabía que Erica estaba viva, y sabía que él aún te quería.

-Entonces ¿porqué...?, no entiendo nada. -farfulla Erica.

Hay algo que se me cruza por la mente, algo que había estado ahí, una intuición, una locura, un sueño: de repente veo a Erica al volante de un BMW descapotable de color lapislázuli, y cuando me pide las llaves le digo que no porque me llevaría a la Ruina.
-No..., dime que tú no ibas en ese coche. -sollozo, incrédulo.-Nadia, dime que no ibas en el coche azul del accidente.

Nadia asiente y yo me enfurezco como un león al que han robado su reino, mis manos se crispan y las lágrimas saltan de mi cara. De pronto pasan ante mí todas las imágenes macabras que durante meses han estado asolando y devastando mi mente, y ahora todas llevan la firma indeleble de Nadia.

-Tú y tú maldita filosofía del terrón de azúcar... tú y tu estúpido menosprecio por las normas, por la sociedad y por la vida... tu obsesión con vivir el momento, por terrible que este sea, ¡tú y tu jodida manía de apretar siempre el acelerador, de estrellarte contra todo porque sólo tu voluntad es la que cuenta! ¡Tú nos hiciste esto!

Nadia agacha la mirada, y entonces sucede algo que jamás hubiera soñado: una lágrima, una pieza de la más fina cristalería, surca su cara; y ella se derrumba sobre el suelo, como si le pesaran demasiado los cristales de su cara, en el suelo, ante nosotros, como una muñeca de trapo que lleva demasiado tiempo aguantando el mismo y pesado vestido.

-¡Cállate! Cállate, por favor... ¿Sabes cuánto tiempo estuve culpándome? ¿Sabes cuánto tiempo lloré por lo que hice? ¿Cómo crees que me sentí al ver esa fotografía? -se levanta las mangas y nos muestra las cicatrices que muerden sus muñecas, pero yo solo veo los cristales rotos de un coche, cristales rotos de un portarretratos y cristales rotos manando de mi ojos -Miradlas, no podía vivir con mi culpa, por lo que os había hecho. ¿Era lo que querías saber? ¿No era esto lo que tantas veces me habías preguntado? ¿Por qué estaba en el hospital? ¿Por qué me había cortado las venas? ¿Por qué me había tomado un bote de barbitúricos? ¿Por qué no podía dormir? ¿Por qué todas las noches cuando los demás dormían yo me arañaba y me despreciaba por existir?

Guardo silencio. La odio, pero siento lástima por ella, por el daño que se ha hecho, que nos ha hecho, que se sigue haciendo. Trata de ponerse en pie y continúa su historia sin importarle lo más mínimo que el maquillaje de sus ojos parezca un borrón de tinta:

-Cuando desperté en el hospital y me di cuenta de que estaba viva, que me habían lavado el estómago y que me habían cortado la hemorragia destinada a matarme, me di cuenta del error monumental de seguir haciéndome la víctima de la tragedia. Me sentí tan podre por dentro, tan visceralmente retorcida que fui a visitar la habitación 110... Os lo debía, os debía una disculpa a los dos. Tenía que hacer algo, porque sino me moriría de culpa. Y la encontré allí, descansando como una bella durmiente, tan blanca como Blancanieves. No me extraña que siempre hayas estado enamorado de ella, que lo estés. Quizás nunca lo podréis llegar a comprender; pero cuando fui a verla, cuando fui a verte Erica, sucedió algo: las máquinas comenzaron a emitir un ruido diferente cuando te pedí perdón en silencio. Llamé a Clara, la enfermera, y de repente te vi abriendo los ojos. Despertarte en aquél momento, como si hubieses estado esperándome. Lo vi todo, vi como encajaba la verdad que seguía vivía, como comprobaba que su cuerpo apenas si le respondía.

-Y estuviste a mi lado, me ayudaste a encontrar las fuerzas necesarias para recuperarme... para levantarme. Pero después desapareciste... Y nunca me dijiste la verdad. -musita Erica, como si empezara a casar las piezas.

-Sí. Temía que me odiaras si lo hacía, si te decía que yo te había hecho aquello. Estaba sola, y tú eras la única que aún me sonreía. Después desaparecí porque... -Nadia me mira a mí- Encontrarte fue solo una casualidad..., fue una casualidad. ¿Quién iba a pensar que estuvieras allí?

-Mi apendicitis.-subrayo, intentando entender algo.

-Te vi descansando en la habitación.

-¿Y me reconociste?

-Tu cara me había quedado grabada tras el accidente. Solo necesité comprobar tu nombre con el de tu historial. Fue fácil.

-Claro, ya sabemos de tu particular afición a colarte en las bases de datos privadas. Y, una vez descubriste quién era, te propusiste hacerme la vida imposible, ocultarme la verdad, y manipularme como a un pequeño gatito entre tus manos.

-No... Por favor, David..., de verdad que no... Yo... Quise ayudarte. Di mi sangre por ayudaros. Quería decírtelo... Pero estabas encerrado en ti, ¿no lo ves? Vivías en un profundo coma sin sueños. Simplemente pensé que podría sacarte del caparazón en el que te habías escondido para cuando ella estuviera bien contándote la historia adecuada, la historia que necesitabas oír. Quería que tuvieras el valor y la fuerza necesarios para cuando ella volviera. Al principio quería que fuerais felices.

-¿Al principio? -pregunta Erica.

-Si, supongo que se refiere a antes de que se obsesionara con la idea de que yo te olvidara.

Entonces la máscara de Nadia se cae y rompe a llorar abundantemente, de verdad, como una niña, tapándose la cara tirándose contra mi pecho y dándome débiles puñetazos de rabia contenida durante meses de ser la escritora de una historia de la que me sabía el principal actor.

-Te odio, te odio, te odio... -me grita. -Lo intenté todo, procuré separarme de tu vida, ayudarte solo enseñándote a vivir como yo, pero... cada vez que te tiraba de un edificio, cada vez que robábamos, cada vez que te enseñaba como hackear una página... eres tan diametralmente opuesto a mí y a la vez tan idéntico que no pude evitarlo... Yo me...

-¿Te has enamorado de él? -Erica abre tanto los ojos que tengo miedo que me vea sujetando a la Nadia niña que llora en mi hombro y descubra que yo estuve a punto de perder la razón por ella. Que he perdido la razón por ella, porque ella es la causa de todo lo que ha ocurrido.

El espacio parece verse visto otra vez bajo la óptica de un mosca volando en torno a nuestros rostros de confusión, y en ese mismo instante de confusión total, Lady Destino aparece por la puerta de la cocina, y mueve su mano para que la siga, y huyo de la escena terrible presintiendo una verdad que durante mucho tiempo ha sido una espina clavada en mi cerebro. Bajo las escaleras perdidas del sótano con miedo de enfrentarme a ese miedo insondable, un pánico atroz en forma de máquina monstruosa: las pantallas parpadeantes del Frankestein que Nadia construyó. Me asomo a las pantallas y de repente la verdad se cierne sobre mí, y todo se vuelve una vorágine de dolor y oscuridad, y por primera vez me doy cuenta de que el rostro de Lady Destino es el mismo que el de Erica, y Erica se parece a Nadia, y Nadia es igual que Erica. Y yo me caigo en un abismo de pantallas, en las que se ve la misma escena desde distintas miradas:

Estoy allí, sobre la nieve, sacando fotografías a Erica, que tiene la cara de Nadia, que tiene la cara de Lady Destino. El sol brilla en mis ojos y duele. El BMW está a lo lejos, pero yo no lo veo. Pido a Erica, que se parece a Nadia, que tiene los ojos de Lady Destino, que se siente sobre un banco en el parque, y yo retrocedo unos pasos sobre la calzada para hacer la fotografía de su sonrisa perfecta, deslumbrando entre la nieve. Su voz me grita en el más completo silencio, en sus labios callados leo la palabra ¡cuidado!, y al girarme veo el bólido azul y negro arroyarme y empujar a mi cuerpo cientos de metros mientras Erica, que tiene la cara de Nadia, que se parece a Lady Destino, me mira horrorizada.

De repente me doy cuenta que no soy yo el que escribe la historia, sino que alguien me escribe cayendo por un acantilado de caos y solo con mi propia fuerza puedo hacer que el caos me llame por mi nombre y me lleve hacia la luz. Solo tengo que dejar de sentir esos cristales clavándoseme en las yemas de los dedos, olvidarme de la sangre cayendo por mi cara, recordar que mis huesos están soldados, y que mi corazón aún late.

Todo se vuelve entonces claramente cierto, porque es ahora cuando me doy cuenta de que esto, todo esto, era un sueño plagado de sueños. Abro los ojos y miro al cielo, y veo un techo color crema. Oigo el ruido de las máquinas y en ellas aparecen las letras verdes x, y, z, enmarcando mis propias constantes vitales. Me duelen los ojos y la luz hace que me lloren: una ventana cubierta por una cortina impide que el sol entre.

Sobre la mesilla hay un paquete de tabaco arrugado. A mis pies alguien duerme con una libreta entre las manos en la que puedo leer el principio de una larga historia: la comida no me sabía, el espacio me olvidaba. Y sobre mis rodillas una chica de cabello negro como la turba duerme agotada de noches de duermevela y el bolígrafo en el suelo. Es Erica y es Nadia.


FIN

domingo, mayo 28, 2006 

Intermedio antes del último acto

De nuevo el tiempo parece haberse distanciado del espacio para que los momentos sean eternos durante unos instantes, y después vuelven a fluir con su rapidez habitual... Mi mente vuela de una pregunta a otra, mientras Erica duerme apaciblemente sobre mi pecho, con una pequeña sonrisa que parece no haberse dibujado en años.

Años... Hace treinta meses que la conozco. Pero, ¿desde cuando la conoce Nadia? ¿Y porqué no me dijo nada cuando la reconoció en el portarretratos? ¿Por qué me ha ocultado que estaba viva? ¿Por qué ha estado callándose esto durante tanto tiempo? ¿Por qué estaba en el hospital? ¿Por qué se había cortado las venas? Ahora todas sus frases cobran un nuevo sentido ante mí. Todas nuestras conversaciones fluyen de nuevo sin cesar mientras yo miro el techo del tiempo detenido en el que duermo junto a Erica, e intento descubrir algo que lo explique todo. ¿Duermo? ¿Estoy soñando?

Nadia y Lady Destino aparecen por la puerta, como dos sombras, y sus ojos se me clavan. Porqué, porqué, porqué. Cuando acabarán todos estos secretos. ¿Y los míos? ¿No debería haberle contado a Erica que yo también conozco a Nadia? ¿Que ha estado en esta casa, en esta cama? ¿No debería decirle que también estuvo en mis sueños? ¿Que también dudé de su existencia, de que su presencia fuera real? ¿No debería contarle todo? ¡Santo Dios! ¿Por qué es todo tan complicado? Y Nadia sigue ahí en la puerta mirándome, como si escudriñara el momento perfecto como un felino sobre su presa. Entonces avanza y saca algo de su mano, y Erica, es imposible que esté viva, pero, ¿está viva? ¿Está a mi lado?

Y entonces de repente despierto, y Erica no está, porque busco su mano y no la encuentro. Y Nadia tampoco, porque su mirada se ha quedado cegada, y mi cama es un vergel de nada, un crisol de olvido, un espanto de náusea, un grito que se me atora en la garganta. Y Lady Destino aún me mira, impertérrita como una la estatua de una diosa griega.

Y entonces despierto de nuevo, y el tacto de Erica sobre mi pecho me calma. Está viva, está conmigo, está blanca como un fantasma.

Y de Nadia no queda nada.

Al menos hasta mañana.

sábado, mayo 27, 2006 

El Tirabuzón Argumental

La piel de Erica está aún más pálida de lo que la recuerdo, como si el color de la nieve se hubiese quedado a vivir en ella. Acaricio con la yema de los dedos su boca, y sus labios que durante tanto tiempo han resultado ser inútiles y bellos como cualquier gran obra de arte. Los suyos pasan por los ríos que nacen en mis ojos. Desnudo sus brazos y los descubro marcados por los aguijonazos de meses de gotero, de drogas que los ángeles otorgan a las que consideran dignas de ser salvadas.

-¿Porqué? Yo... -mi confusión es evidente, pero resulta que la suya es mayor.

-Me desperté en el hospital, llevo dos meses de rehabilitación, no me dejaban salir aún. Me costó muchísimo volver a moverme, los médicos tienen una palabra para eso… Al principio creí que no podría retomar el control de mi propio cuerpo... Pero después, bueno….

-¿Porqué nadie me lo dijo? ¿Por qué nadie me avisó? ¿Estás bien ahora?

-Estoy aquí. Estoy bien. Sabía que seguirías aquí, en casa. Me lo decía el corazón.

-¿Recuerdas que pasó? -la cojo de la mano, ella agacha la cabeza y yo beso su frente.

Erica mira a Tango durmiendo sobre la televisión, y una sonrisa se dibuja en su cara, una sonrisa que me resulta un bálsamo de paz, mientras ella le acaricia la nuca. Desde donde está ve la última fotografía que le hice, su rostro sobre la nieve. La señala:

-Es esa, ¿verdad? La recuerdo. Después..., algo vino hacia nosotros, era un coche azul oscuro creo, fue como un fogonazo. Lo vi todo, lentamente. Te vi a ti, cayendo. La cámara se cayó de mis manos. Y... luego... no me acuerdo de nada, durante mucho tiempo todo fue oscuro, y no tenía a donde ir. No vi ninguna luz blanca, yo no estuve en el túnel. Al principio no, todo era como una pesadilla. Pero más tarde comencé a soñar. Pero todo era sueño, y no podía escapar...

-¿Sabías que pasaba?

-Creo que nunca lo supe de verdad, pero... tenía una especie de intuición, una comprensión... No sé, ¿como se llamaba aquél psicólogo freudiano?

-Jung, el inconsciente colectivo.

-Eso. Pues, algo así. Tenía la certeza... Un día desperté. Y no te vi: tuve miedo. No me querían decir nada, nada sobre ti, sobre que me había pasado. Solo querían que mejorara. Pero..., luego conocí a una chica. Una chica muy extraña. Se había cortado las venas, y rondaba por el hospital como Pedro por su casa. Un día entró en mi habitación, me dijo que si podía fumar allí, en su habitación no la dejaban. Era muy rara. Al principio creí que era producto de mi imaginación, de pasar tanto tiempo sola. Llegué a dudar de su existencia, pero me ayudó a encontrar fuerzas.

-Imposible. Repite eso.

-Me ayudó a encontrar fuerzas.

-No, lo anterior.

-Ah, la chica. Se llamaba Nadia, era muy misteriosa. Pero un día, bueno, simplemente desapareció.

De repente no sé si reír o llorar. O enfadarme con Nadia por no haberme dicho la verdad sobre toda esta historia. Las casualidades se repiten de una manera asombrosa, las historias son un cúmulo de casualidades, y cuando la casualidad de que las mismas casualidades se repitan se produce..., entonces hay dos historias dentro de una sola, una sola, superior, como el inconsciente colectivo, una que no alcanzamos a comprender pero que intuimos, y que acabaremos buscando preguntando a la única persona que podría contarla. La única persona que no quiso contármela, ahora más que nunca tengo que saber porqué. Pero ahora no.

Ahora solo quiero abrazar a Erica, hundirme en su mirada azul eléctrica, y besar sus lágrimas -de alegría, espacio y dolor-, besar su pelo, y saber que es real. Que nadie me la va a quitar.

-No hables más. Yo te cuidaré a partir de ahora. Y nos enfrentaremos juntos a nuestros mañanas.

-Siempre juntos.

jueves, mayo 25, 2006 

El Giro Argumental

Los Looney Toons nunca me habían resultado tan desconsoladores. El sofá es como un vasto espacio que no se esfuerza en acogerme, mi soledad es la sombra de Tango, dando de esquinazo a mi alma descuidada. La poesía se me derrama de los ojos, como un cáliz de luz y de sangre.

He conseguido destrozar el primer momento de superación tras un año y seis meses de autocompasión por los ecos de una tragedia que nunca estuve seguro de si había terminado, ni si quiera de si había sucedido. Miro los planos para mi futuro, sobre la mesa, desperdigados, pero mi voluntad se ha ido detrás de Nadia, y no muevo ni un dedo, ni acerco la mirada. Nadia lo sabía, y sabía que quería que ella estuviera a mi lado, y sabía cuanto me cuesta seguir adelante. A pesar de sus expresiones, lo sabía, y supo como hacer que me olvidara de todo. Y yo la convertí en un nuevo problema, una vez más, consiguiendo que se escapara cuando más me doy cuenta de que… ¿Es posible? ¿Se habrá enamorado de mi Nadia? ¿Me enamoré yo de ella al escribir este diario? ¿Se enamoró ella de mí al leerlo?

Podría llamarla, escribirle, buscarla; pero no puedo. Miro el teléfono inerte, el ordenador moribundo, la puerta muda, y me recorre un escalofrío de sinceridad marchita. Tal vez no quiera volver a cruzar los límites de mi claustrofóbica cárcel de sombras, de nada. Porque me da miedo.

Tango duerme sobre la televisión donde aparecen los círculos concéntricos de colores, y en el centro Porky, tartamudeando: ¡E-esto es to-esto es t-to, eso es to-to-todo amigos!

Y en ese momento, en el que ya he perdido toda la esperanza, en el que llega a mi la absoluta certeza de que esta vez no me perdonará si no hago nada, y no puedo hacer nada porque mi voluntad se está poniendo ciega de cocaína, en ese momento de lúgubre desesperación despechada en el que mi pulgar apaga la televisión, en ese preciso momento, un ding-dong de melodía desangelada irrumpe en mi habitación con un sonido eléctrico de luz blanca y luminosa esperanza.

Me levanto, sin creérmelo del todo, pongo la mano en el pomo y abro la puerta, para descubrir la mayor de las sorpresas, el impacto de miles de millones de fotones contra mi retina, tras haber recorrido un año y medio de luz y haber rebotado contra su piel clara muerta, su pelo castaño pardo, sus ojos de azul tinta china, la sudadera negra, la camiseta rosa chicle, los vaqueros gastados, y esa emoción contenida, como si estuviera a punto de derramar lágrimas encerradas durante años.

-¿...Erika?
Y entonces, sin comprenderlo del todo, nos fundimos en un abrazo de estrechez cálida, su cara se hunde en mi pecho, sonríe y llora, y acaricio su pelo suave como el de los ángeles que se pelearon una noche de febrero en el portal de mi casa.

viernes, mayo 19, 2006 

No seas niño



Veo la figura desnuda de Nadia recortarse en el cristal vidriado de la ducha mientras mi percepción sensorial trata de despegar un poco con un zumo de naranja, que de pronto me sabe a lejía con unas gotitas de limón. Contemplo desde mi silla los planos del que será mi hogar: Será un trabajo duro, hay que levantar muchas ventanas aún. Escondo los planos detrás de una pila de libros, antes de que Nadia salga, empapada, y ponga su mejilla cerca de mis labios para que le de un beso -o para que le muerda el cuello, no lo sé-.

Mira el vaso vacío. Se sienta en la cama. Yo le seco el pelo con la toalla color rosa chicle.

-¿A ti quién te ha hecho como eres? -le pregunto.

La pregunta parece pillarla por sorpresa, al menos mueve la cabeza de esa manera. Y, a la pregunta ¿A ti quién te ha hecho como eres?, Nadia responde:

-Me hice yo. -Y el polígrafo dice que...

-Mientes.

Nadia se encoge de hombros.

-No entiendo la pregunta. ¿A ti quién te hizo? -Dios, acaba de volver mi propia pregunta contra mí. Bien, calma...:

-Yo te conté porqué estaba en aquél hospital, toda la historia. Pero desde que te conozco he cambiado... Tú ejerces una influencia sobre mí, para bien o para mal. Quizás para mal. Me cuelgas de las azoteas, me haces beber cosas que en mi vida había probado, robar, y cometer cientos de delitos no tipificados hackeando a diestro y siniestro. Me has convertido en tu marioneta. Y lo peor de todo es que yo parezco importarte una mierda.

De pronto me quita la toalla de la mano, y me mira a los ojos con el gesto más arrogante y agrio que me parece haberle visto nunca. Termina de abrocharse el sujetador, se pone la camiseta negra, ajustada (esa que tanto me gusta de la calavera). Y finalmente me tira la toalla a la cara.

-Me voy, tienes graves problemas emocionales. No te aguanto más.

Repaso el plano del que será mi hogar mientras escucho el sonido enfadado del portazo y como Nadia canta con voz ronca unas frasecillas que me resultan vagamente familiares:

-...y otros se condenan a dedicar versos a aquellas que les dieron fuego por dentro, yo esperaré a cuando llegue el momento, no echarte de menos, no echarte de menos...

sábado, mayo 13, 2006 

Naranja

El perfume de Nadia es como un olor que no huele a nada, pero siempre te recuerda algo, siempre inunda el corazón con algo nuevo. Anoche bebimos bastante, los dos. Recuerdo haber bailado con ella, entre calor humano y luces de colores. Recuerdo que el olor de su piel fue más fuerte que mi voluntad. Recuerdo que su piel sabía a naranja.

La mañana me despierta golpeando en mi cabeza resacosa como si el señor Lorenzo no tuviera otra cosa que hacer que colarse entre los huecos de la persiana para dar luz sobre mi cama. Dos cuerpos abrazados, y un desorden bendito. ¿Nadia está en mi cama?

Me levanto sin despertarla y trato de no hacer ningun ruido, caminar lentamente hacia la cocina y prepararme una tortilla de aspirina, mientras trato de recordar qué pasó y porqué me siento tan atraído por ella. Por desgracia Nadia tiene el superdesarrollado oído de Clark Kent (o el sentido arácnido de Peter Parker).

-¿Me haces un zumo de naranja?

Me doy la vuelta y miro a la reina de Saba, cuya belleza todopoderosa yace sobre mi lecho, y por un momento ardo en deseos de cubrirla de todos los zumos de naranja, y lamer el jugo de su piel. Pero recapacito.

-¿Un zumo? ¿Porqué no te levantas tú?

Frunce el cejo, como una niña. Como la niña. Me sale un suspiro profundo, mis pensamientos avanzan lento entre el despertar de mi mente, pero finalmente consigo recuperar cierto control sobre la situación, y me siento en la cama. Poso una mano sobre su rodilla y, con todo el cariño del mundo, le suelto:

-Lo siento, esto no puede continuar así. Voy a dejar de escribir.

-¿Qué?

-No puedo continuar escribiendo esta historia. Estoy volviéndome loco.

-¿Qué te hace pensar que eres tú el que escribe la historia? -su voz resuena de pronto como un eco en mi cabeza.

De pronto me despierto, en mi cama. El perfume de Nadia está pegado a las sábanas, el señor Lorenzo trata de abrirse camino entre la persiana para dar luz a dos cuerpos sobre el nido. Aparto un mechón de pelo de su cara, y contemplo como sigue durmiendo. No cometeré la estupidez de despertarla, solo son las 9:30, podemos dormir un poco más.

La abrazo, delicadamente, poniendo una mano sobre su cintura, y sueño despierto, mirando la perfección de sus rasgos, preguntándome... preguntándome porqué.

domingo, mayo 07, 2006 

En el callejón

Nadia no me mira, solo contempla el callejón mientras sostiene un cigarrillo entre los dedos. Lleva los ojos tan pintados de negro que no estoy muy seguro de si sabía que iba a contarle la historia de mi largo luto. La historia de Erica ha pasado por mi boca, por primera vez, entera, palabra por palabra: la princesa y el rey, el príncipe, el gato, las fotos... la tromba de agua, el coche.
-Te la arrebataron de pronto, y eso es devastador. Pero el significado surge del caos semiótico durante un instante para desaparecer de nuevo.
-¿Y eso qué significa?
-Que no puedes llorarla siempre, solo recordar lo que ella significó para tí.
Soy completamente consciente de que tiene razón, y el tono de su voz es consolador, calmante. Durante unos segundos sencillamente miramos la pared de cemento cubierta de graffitis, el suelo ponzoñoso y polvoriento, el cielo azul. Escuchando el ulular del viento y disfrutando de la silenciosa compañía del otro.
-Hay algo que quería preguntarte.
-Dime.
-¿Porqué estabas en el hospital? Tenías las muñecas vendadas con gasas.
Nadia me mira, y sus iris me paralizan, su expresión es triste, y por un momento olvido su lado maquiavélico y despótico, y simplemente deseo protegerla. Como si de repente, al abrir la puerta de un armario, hubiera encontrado a una niña escondida llorando. Pero esta sensación dura apenas unos segundos, porque luego vuelve a mirar al suelo, y su secreto se desvanece.
Era demasiado esperar que fuera todo tan fácil.

jueves, mayo 04, 2006 

el sabio y la pareja

Había una vez un gran sabio, un hechicero que poseía muchos conocimientos, y comprendía grandes cosas, que los pobres mortales ni si quiera ven. El mago, que había conseguido la firme rectitud del acero y la frialdad de la lógica, llegó -trás estar mucho tiempo de estar solo- a la firme convicción de que el hecho de que todo fuera mal en el mundo era porque las personas tomaban las decisiones equivocadamente. Así que decidió ir a caminar por el mundo, para enseñarles a todos en dónde estaban sus errores.

Vagó durante varios años. visitó a reyes y a grandes mercaderes, que valoraron mucho su consejo y sus sabias decisiones, que, pese a su complejidad, conseguían administrar todo un reino con facilidad, o producir grandes beneficios para un negocio. También sabía donde encontrar oro, y como curar muchas enfermedades.

El sabio peregrino acabó perdido en un desierto, sin agua. Más tampoco peligro había en esto, pues el sabio sabía que al día siguiente caería una gran tormenta, y su vida no peligraría: no moriría por sed, ni de hambre. Lo tenía todo bien calculado.

Quiso el destino que aquella noche se encontrara con una extraña pareja: el príncipe celofán, de un país pequeño y lejano, y la princesa de papel, del país de la lluvia. Estuvieron hablando durante largo tiempo, y el príncipe y la princesa le explicaron que se habían escapado hacía tiempo del país de la lluvia, y se dirigían al país del príncipe de celofán, porque se amaban. Por el camino habían perdido los dos paraguas que el principe había usado para proteger a la princesa de papel de la lluvia.

El sabio, que sabía que a la mañana siguiente caería una enorme tormenta, les dijo así:

-Lo siento mucho. Mañana caerá una gran tromba de agua. Escaparos fue una acción estúpida en contra de toda lógica, y las acciones que van contra las leyes lógicas terminan siempre de una manera cruel y trágica.

La princesa de papel le respondió:

-La lógica resulta muy poco útil cuando están en juego nuestros deseos y nuestros sueños. Ajustarnos a la lógica no hubiera resuelto nuestros problemas.

-Gracias por avisarnos - se despidió el príncipe. Y se fueron en dirección opuesta. Juntos, como habían venido. ¿Qué fue de ellos? Nunca lo supo el sabio. Pero si supo otra cosa:

-He estado solo tanto tiempo por seguir los deseos de la lógica; sus leyes me hicieron ignorar el amor, la fé ciega en el otro y la esperanza de que nada podrá separar a dos personas que se aman.

Y aunque él nunca lo supo, así fue, así es y así será.

miércoles, mayo 03, 2006 

la princesa de papel

Nadia dice: Creí que no lo ibas a usar nunca.

Yo digo: Bueno, me daba vergüenza acosarte, creí que no querías saber nada más de mí.

Nadia dice: Ya te dije que no daba la batalla por vencida, así que me alegro de que por fin hayas usado mi email para algo útil. (La dirección acertada, claro.)

Yo digo: Ya..., he de confesar que sin tu pista del baño jamás lo hubiera imaginado. Me has ayudado. Ya estoy más preparado para hablarte sobre Erica, es la manera de desprenderme de su recuerdo, y bueno, no sé si aún quieres saber...

Nadia dice: Por favor. Cuéntame...

Yo digo: Ah, estoy enfadado contigo por colarte en mi blog, aunque el cuento me gustó.

Nadia dice: Vamos, vamos, no seas exagerado. Me gustaban los cuentos, yo también quería participar.

Yo digo: Si lo hiciste para que no me olvidara de tí, créeme, no era necesario. Lo que no me gusta mucho es que sepas mi clave de acceso.

Nadia dice: Oh, bueno, no te preocupes por eso... ¿Qué ibas a contarme?

Yo digo: El siguiente cuento:

la princesa de papel

Érase una vez el rey del país de la lluvia. Este rey tuvo una hija, una princesa que fue maldita por un brujo enemigo de su padre. Por eso la princesa era y sería siempre de papel. El rey, que se sentía culpable de lo que le había pasado a su hija, trataba de proteger siempre a la princesa, pues ser de papel en el país de la lluvia era un grave peligro. Un día la princesa de papel le pidió a su padre salir a dar un paseo a los jardines del reino, pues estaba cansada de estar siempre encerrada en el palacio.

-No hija mía. No puedes salir, pues te mojarías, y eso sería terrible.

La princesa, triste y sola, volvió a su alcoba, esperando poder hacer algo para hacer cambiar de idea a su padre.

Un buen día el príncipe de celofán visitó el reino del país de la lluvia, y el rey lo recibió en su palacio. Le comentó el problema que tenía con su hija, y le preguntó que podía hacer al respecto.
El príncipe de celofán sacó entonces unos paraguas hechos del extraño material transparente que daba apellido a su nombre.

-Con esto la princesa podrá salir siempre que quiera dijo.

-¿Qué son? -preguntó el rey.

-Son paraguas, y como su nombre indica, detienen los disparos de la lluvia.

El rey contempló el artefacto durante unos instantes, lo estudió detenidamente, y comprobó la dureza de la tela, con tanta contundencia, que lo rompió. Entonces preguntó:

-¿Un paraguas roto sigue siendo un paraguas?

-Mi rey, el agua no lo rompería. De todas formas me comprometo personalmente a detener los disparos del agua sobre el cuerpo de su hija en caso de que el paraguas se rompiera.

-¿Cómo lo harías? -preguntó el rey.

-Con mi propio cuerpo si hiciera falta, protegiéndola con mi abrazo, tal y como debería haber hecho usted, en vez de encerrarla de por vida.

El rey se sintió herido por esas palabras, y pidió que lo dejaran a solas, pero a la mañana siguiente, cuando se despertó, ni la princesa de papel ni el príncipe de celofán estaban ya en el palacio: se habían ido.

domingo, abril 30, 2006 

el mercader pobre y el ladrón

Creo que el ballantines con cola ya me había perjudicado bastante en el momento en el que le comenté a Nicolás lo que había hecho la pequeña y rebelde Nadia.

-Sinceramente, no sé porqué aún sigues pensando en esa chica. Se ha reído de tí. Primero se mete en tu casa, le cojes cariño y entonces se larga. ¿De verdad crees que vale la pena que sigas pensando en que vuelva?

-Pero, ¿y si ella tiene razón? ¿Y si la culpa es mía?

-¿Tuya?

-Sí, aún pienso demasiado en Erica y... Uhmm... Creo que tengo que dejar de pensar en Nadia como en esa misteriosa e intocable señora del crimen que apareció en un cuarto vacío del hospital. Me resulta dificil, ya sabes. Pero quiero encontrarla otra vez, creo que sé cómo.

-Tú sabrás. Yo creo que sería mejor que te olvidaras de ella, de una vez y para siempre.

Más o menos eso fue lo que me dijo. Aunque no me hizo mucho caso, creo que me desahogué hablando con él. Cuando volví a casa el efecto alcoholizante había remitido empujándome a una fase rem casi obligada, pero en vez de acostarme escribí un cuento, que casi casi tenía más de sueño que de cuento:

el mercader pobre y el ladrón

Había una vez un mercader muy pobre, que vendía en la plaza frutos secos y baratijas. Lo único preciado que tenía aquél mercader pobre era una caja dorada que no era de oro, que escondía bajo su almohada, y en la que nadie sabía que guardaba. Solo lo veían sonreír cuando la miraba.

-Debe ser muy preciado lo que tiene ahí guardado si le hace tan feliz. -decía la gente.

Así fue como una noche, un ladrón, mientras el pobre mercader dormía, metió la mano bajo su almohada, y se llevó la preciada cajita.

En ese mismo instante el mercader se despertó, como accionado por un resorte mágico, y en cuanto se dio cuenta de que le habían robado su cajita dorada que no era de oro, salió corriendo detrás del ladrón, bajo la noche estrellada, con los pies descalzos sobre la arena.

El ladrón corrió y corrió, con la cajita entre los brazos. Y el mercader siempre le seguía, no se daba ni un segundo de descanso, y aunque le faltara el aliento continuaba caminando detrás del ladrón, a través del desierto.

Al final quedaron los dos tan agotados, después de días de correr, que, perdidos en medio del desierto, a tan solo unos pasos de distancia, el ladrón le preguntó:

-¿Tan preciado es lo que guardas en esta cajita que llevas meses siguiéndome?

-Es lo más preciado que tengo, por favor, devuélvemelo.

Entonces el ladrón que hasta entonces no había abierto la cajita, miró lo que había dentro, y no encontró nada.

-¡Pero si no tiene nada dentro! ¿Qué tanto vale una caja vacía?

-Más de lo crees, pues ahí es donde guardo mis sueños.

Y el ladrón entendió entonces porqué le siguió durante tanto tiempo el mercader pobre: seguía a sus sueños hasta más allá del desierto, costara lo que costara.

♠Ang3lgris♠

  • Para leer este diario sólo necesitas saber que Erica
  • es el caos, Nadia es la anarquía, y Tango es mi gato. Por si fuera poco tengo narcolepsia.

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